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RIVER A UN PASO DE DEVOTO...
Por los curtos de final de la Copa Sudamericana perdió ante Chivas de México, peligra su clasificación
y la gente enfureció.
Después de la vergonzosa labor en el torneo y la deshonrosa caída en el superclásico, echó sal sobre las heridas.
La derrota de local ante Guadalajara dejó en serio peligro la marcha del equipo de Simeone en la Copa Sudamericana
y exaltó aún más a los hinchas que recibieron a los jugadores con insultos y los despidieron envueltos en reclamos
de todo tipo con la figura nostálgica de Ortega como símbolo de su furia.
River apareció decidido a llevarse por delante a un rival que ofrecía muchas ventajas en el fondo, una línea
de tres defensores que no daban a basto para controlar el entusiasmo ofensivo del local y que mostraba muchas dudas
en el juego aéreo. Así que, desde muy temprano, River estuvo cerca del gol transformando, poco a poco, al arquero
Hernández en figura central de la noche. Un mano a mano de Augusto Fernández, un cabezazo de Tuzzio abajo, otro de
Cabral que buscaba el ángulo y otro zapatazo de Buonanotte, todo resuelto con mucha eficacia por el arquero mexicano
que arrancó varios gritos de gol de una muchedumbre sedienta de festejo por la malaria que poseía River.
Pero después de ese dominio en el que River tuvo a su rival contra las cuerdas, la impotencia empezó a ganar el ambiente.
La gente se impacientaba y los ataques eran menos intensos. El gol que de entrada parecía estar al
caer, de a poco se fue convirtiendo en casi un imposible.
La atmósfera del Monumental se podía cortar con un suspiro, y si esto fuera poco, llegó el mazazo mexicano. Simeone
estaba elaborando su plan para el entretiempo cuando Chivas se animó a sumar un par de hombres de ataque, pisar terreno
rival y tras un centro de Santana trepando por la izquierda, apareció el remate de zurda de Solís que le quemó las
manos a Ojeda, rebote servido para Arellano, quien sólo necesitó tocar la pelota para anotar el 1 a 0 y cargar de
tensión un estadio que desbordó toda su bronca mientras los jugadores se perdían en el túnel al entretiempo.
No se presentaba alentador el panorama de cara al segundo tiempo. Igual, Simeone no eligió demasiadas modificaciones
tácticas en el arranque. Esperó unos minutos para sumar a Rosales como elemento de ataque (en lugar de Fernández el
cual estaba jugando el partido del año) y un poco más para meter a Archubi en reemplazo de Ferrari. Ni una cosa ni la
otra le dieron el resultado esperado. River, que en la primera parte había hecho las cosas medianamente bien y con
cierto criterio, en el complemento apenas tuvo resto para generar algunas situaciones riesgosas, que una y otra vez
volvieron a tener al arquero Víctor Hernández como símbolo de la resistencia.
Con esfuerzos precisos, Hernández interceptó varios centros (en uno le sacó el empate a Cabral de la cabeza) con sus
puños, y volvió a mostrarse atento debajo de los tres palos.
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Y cuando el arquero no llegó, el palo también se aprovechó del mal momento de River: Abreu cabeceó un corner desde
la derecha y el balón pegó en el travesaño.
Para colmo de males y como un calco de la burla del destino en la parte inicial, las Chivas llegaron al segundo en
una de sus pocas excursiones ofensivas. Pase largo para Arellano recostado sobre la izquierda, centro rasante para De
la Mora y toque suave al gol.
El Monumental asemejaba el cráter de un volcán en erupción. Bronca por todos lados e impotencia sobre el terreno.
Salcedo, que había ingresado se perdió el segundo y, cuando se empezaba a jugar el descuento, Olvera metió una mano
en el área, Abreu transformó el penal en el 1 a 2 y ni siquiera así se redujo la temperatura que recorría la sangre de
los hinchas. Un nuevo capítulo de decepción en una historia que, todavía, no escribió su final, y esta a un paso de
la gloria o devoto…
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. . SE AGRADECE LA
COLABORACION DE . .
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