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LAS MIL Y UNA NOCHES.

No se puede creer…
A River las cosas no le salen ni cuando las hace bien. Fue sumamente superior a Chivas, se puso dos a cero arriba, pudo haber hecho más goles, y sin embargo en una ráfaga, los mexicanos le empataron el partido. Y así se quedó afuera de la Copa Sudamericana, cuando saboreaba la clasificación.

Por lejos, por escándalo, River jugó por estos cuartos de final de la Copa Sucamericana el mejor fútbol de todo el semestre en el primer tiempo. Y si quizás haya sido su mejor momento futbolístico del año. Porque salió a jugar con espíritu ganador desde el comienzo, con un rendimiento colectivo e individual muy superior a Chivas. Se lo llevó por delante, lo apabulló y el 2 a 0 de la primera etapa quedó muy chico.
River se mostró incisivo en ataque y mucho más sólido en el fondo, porque Chivas casi ni se pudo arrimar a Ojeda. Todo salió redondo en esos 45 minutos. A los 2, ya estaba en ventaja. Corner de Abelairas desde la izquierda, pasado, Buonanotte la bajó a la altura del segundo palo, la metió de nuevo al área chica y Cabral entró por detrás de todos para empalmar de derecha y meterla. De ahí en más, no hubo otra cosa en el juego que un dominio claro del equipo argentino. Presionó muy bien en el medio, sacó a Guadalajara siempre muy lejos de su arco, y adelante encontró precisión y velocidad para atacar. Bien Abelairas como hace meses no se veía siendo segundo volante central al lado de Ahumada, un Buonanotte picante, que mostró su mejor fútbol, y adelante el pivoteo de Abreu y Falcao desorientó al fondo mexicano. Además, Se sostenía en una dupla central serena y responsable. Muy seguro lo de Cabral y Quiroga, los laterales fueron aplicados y ofensivos a la vez. Todo River se movió prolijo y seguro de sí mismo.
A los 20 llegó el segundo, el que le daba la clasificación transitoria. Un golazo del colombiano, que recibió la pelota apretado contra la raya derecha por dos defensores locales. Giró, pasó entre los dos, enfiló hacia el área y cuando le salió Hernández clavó un zurdazo bajo y rasante, que pasó entre el arquero y el poste más cercano. Un tanto magnífico, que invertía ahora la seria. El que debía salir a remontar las cosas era Chivas. A los cinco minutos, River estaba 1-0 y se había perdido dos goles. A los 20, estaba 2-0 y seguía yendo. De manera impensada por cómo venía River, golpeado y sin rumbo, apareció el equipo en una dimensión brillante. Falcao se perdió el tercero con un cabezazo que dio en el poste y picó en la línea. Hubiese sido el final para Chivas.
Al comienzo del segundo tiempo, River tuvo dos chances claritas, sobre todo un cabezazo de Abreu en el poste. El centro perfecto de Buonanotte, el testazo técnico del uruguayo, el palo insoportable, molesto, el rebote a pedir del Loco y para su zurda, y el remate pifiado, insólito, que Falcao termina llevándose por delante sin poder definir. Era el 3-0. Era nuevamente la clasificación. Era. Y River, el River de Simeone no pude y ahora ya fue.
Pero... ¿Por qué este River siempre tiene peros? ¿Por qué no puede redondear una actuación como los hinchas, dirigentes, futbolistas, cuerpo técnico y demás quieren? Ni la suerte del campeón. Ni eso le queda. Porque el gol de Cabral inició el respiro, la ilusión, y el de Falcao les hizo sacar la mufa y la bronca acumulada. Pero ésa... Esa en el palo de Abreu devolvió los fantasmas. Todos. Todos juntos.
Chivas ya había metido dos cambios que le dieron frutos. Los ingresos de De la Mora y Medina le dieron otra velocidad al equipo adelante, gente fresca y rápida. Y en dos estocadas a fondo, empató. No había mostrado nada en 55 minutos y comenzó a animarse. En una contra, dejó la historia en los penales: Villagra durmió ante Arellano, que le sirvió el 1-2 a De la Mora. En otra contra, Ahumada se suicidó tirando un taco en la mitad de la cancha y de espaldas, Villagra quedó otra vez a destiempo y Arellano la volvió a tocarla, esta vez para Medina y el 2-2. Y se acabó. Esta vez en serio. Se acabó.
De golpe, River se quedaba afuera. Tuvo que redoblar la búsqueda. Había hecho casi todo bien e igual las cosas volvían a dársele al revés. Volvió a cargar, volvió a generar chances, volvió a atacar como si nunca lo hubiera hecho, ya con menos claridad que en el primer tiempo, pero con la misma actitud de saber que esta noche era la ultima de las mil.
Tuvo todo para ganar. Hizo todo para ganar. Pero no ganó. La efectividad que mostró en el primer tiempo, el juego a lo campeón que se busco desde aquella consagración los mostró en 45 minutos, casi impecables de presión, agresividad, compromiso, vértigo, solidaridad, buen juego y gol.
Era River. Era el campeón. Ese que no mostró nada en 13 partidos del Apertura y poco en tres de la Sudamericana, aparecía con todas las luces.
Aunque River fue, en el aire estaba ese miedo. El desorden de siempre, el golpe por golpe. El centro buscando algo y el rechazo desesperado, los goles que no son como el disparo defectuoso de Bou por arriba del travesaño. O la que le saco Hernández a Archubi. River fue como siempre, buscó como siempre, quiso siempre. Como en la ida en el Monumental, mereció mucho más. Como contra América en el azteca hace unos meses, mereció mucho más.
Esta vez jugó, como aquella vez los mejores partidos del año, como un campeón, pero erró como el último del torneo.
Esto es River: el último campeón y el último en el torneo. Un equipo que va con todo y genera ocho, nueve, veinte situaciones claras de gol, pero no las convierte. Le llegan una, dos veces o tres veces y le empatan. Y se queda fuera de la Copa. Y se termina todo. Y se vuelve con las manos vacías. Una vez más. Necesitaba un gol para clasificarse. Y el gol no llegó. Una eliminación con mucho sabor a injusticia, pero es la ultima noche de sufrimiento y solo quedan las mil lagrimas.
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